La libertad de Gardenia.
Sin si quiera un ruido la puerta se cierra detrás de Gardenia.
El reto es enorme; la madera vieja e hinchada ruje vorázmente apenas siente que la tocan, pero Gardenia está acosutmbrada y le ha logrado mantener en silencio. Lleva practicando diez años.
Procurando ni tocar el suelo, que rechina con un gruñido semejante a la puerta se mete en la regadera, con una toalla bajo ella. Las gotas del agua son demasiado estridentes, según Miguel.
Miguel.
Él es el que la deja así. Pobrecilla no puede ni abrir los ojos a veces, ni aunque deje que el hielo le queme los párpados.
¿Sabes? El ruido molesta, sabes. Y más si le duele la cabeza ¿sabes?, pobrecillo -repite ella, como si estuviese programada- le duele casi todo el día.
Todos saben que él es una bestia.
Gardenia ha vivido en un tormento de silencio mucho tiempo y día a día cuida los detalles, para no tenerse que cuidar después las heridas. Que la tetera no hierva de más, que la ropa no suene y que la vajilla no rose los cubiertos.
Pero un día.
Un día Gardenia sale tempranito ¿sabes?, como todos los días. A comprarle a él su tamal.
Y oye. Música.
En el edificio de enfrente hay una niña, linda ella y con una voz; ¡una voz bellísima!
Sale a regar las plantas cantando una canción. Habla de libertad.
La música... Hacía tiempo que Gardenia no oía nada que se le pareciera. Ya recordaba lo bella que era. Ella quería cantar ¿sabes? tenía una voz bonita, como la de la niña.
Toda la noche, en la cabeza de la pobre de Gardenia, dió vueltas la voz de ella. Por la mañana sus oídos de nuevo captaron el estribillo de la canción.
El tormento creció. Gardenia había sido tocada por la dulce voz de un angelito, que le había recordado sus años de música y canto, antes de... de él. Pero ella no podía cantar, ni siquiera tararear.
Pero la música, envolviendo en poesía una semilla de revolución, de rebelión y de ansia de libertad iba ganándole la batalla, iba despertando a Gardenia.
Cada vez más sus pies querían golpear con ritmo el suelo, imitando el compás de su deseada balada. Cada vez más sus estrofas eran como un himno de guerra que estallaba en su cabeza.
Un día, no después de mucho, Gardenia sin querer se haya en el baño. Los vecinos no sabían de donde venía la dulce miel de música, que salía de la voz de un ángel. No era la niña, ¿sabes? ella no tenía una voz tan bonita.
Poco después, justo a la mitad del arruyo, los gritos desesperados de una bestia salvaje, de un animal más vil que el peor de los carroñeros.
Gardenia nunca volvió a escuchar nada, nunca volvió a cantar. El bruto, con la ceguera loca de un animal rabioso le quitó la vida.
Gardenia dejó el mundo. Pero fué libre, por un respiro; por un par de compases que le devolvieron la vida.
This entry was posted on lunes 12 de enero de 2009 at 11:44 PM. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response.
# by Anónimo - 1:33 PM
Buen comienzo
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