La decadencia de la libertad
- Libertad de uso de nuestro cuerpo:
La "libertad" de hacer con tu cuerpo lo que quieras no existe. Cualquier intento (y puedo ser tajante en esto) de herirte a tí mismo con el fin de liberarte de tensiones, producir catársis o semejantes no son objeto de impulso político, sino de diagnóstico clínico. No considero a la eutanasia daño a tí mismo, siempre y cuando el diagnóstico clínico sea incurabilidad, dolor y muerte inminente, pues es absurdo pensar en acabar con tu vida porque estas a punto de morir si todos los días estamos expuestos a que nuestra vida se acabe sin mas.
Dentro de éste rubro entra mi poca comprensión hacia modas urbanas que tienen como pilares de su filosofía el daño a tu cuerpo. También de la completa comprensión de la inexistencia de tal "libertad" emana mi enojo e indignación de leyes que permiten (que cuando una ley permite, incentiva) la eutanasia mal maejada y sobretodo el aborto, considerando a éste último no sólocomo un daño inminente a la madre tanto físico como psicológico, sin un verdadero asesinato (o para los que creen en "la libertad del cuerpo" hasta sus últimas consecuencias, no un asesinato sino "la libertad de hacer con los cuerpos de los demás lo que quiera")
- Libertad política de no elegir.
No eres libre de no elegir ni de no participar en la democracia. El hecho de no participar actívamente en la política no sólo no es una libertad, es un verdadero atropellamiento de la condición de ente social inherente a los humanos (es ir en contra de tu naturaleza), es dejar ser aplastado por el despotismo blando y coartar la libertad de los demás. Es dejar de ser hombre, porque un hombre verdadero se preocuopa por otros hombres por más "sucia" que esté la política.
- Libertad de ser indiferente.
Lo que distingue a un hombre, lo que le dá la dignidad que merece es el simple hecho de saberse igual a sus hermanos y de reconocer y respetar su dignidad. Todos estamos unidos y todos estámos hechos para vivir y convivir en una sociedad que apoya a cada uno de sus miembros. No es el propósito de éste ensayo describir el funcionamiento de una sociedad perfecta ni tampoco pretende llegar a un comunismo utópico (perdonen la redundancia), pero puedo asegurar que el mundo sería humano con más conciencia y menos indiferencia; es decir, más amor.
Es impresionante el abandono total en que algunos (que dícen llamarse) hombres, tienen a sus hermanos. Es de saberse que uno no lo puede todo, no puedes construir una máquina de arreglar problemas pero sí puedes (y de hecho debes) irle poniendo las tuercas y exigirle a otros que las vayan soldando porque en algún punto alguien va a tirar de la palanca y todo necesita estar en lugar.
No te exigo, por ende, abandonar toda tu riqueza y dedicarte a ser rescatista porque siendo rico ayudas a las personas con quienes comercias y a los que piden préstamos al banco que se respalda en tu dinero, y trabajando de cualquier cosa siempre beneficias a los tuyos; pero tampoco me conformo con que te sientas útil mientras desprecias a los que te necesitan. Perdonen que caiga en esto, pero no donar algo de manera altruista, no sonreírle a los menos afortunados, no poner tu hombro para que lloren en él resguardandote en la conservación de tu ataraxia equivale a no tener calidad humana.
Lacras.
Iba a decir que no tengo palabras para describirlos, pero después de recapacitar ahora recomiendo a ir a la biblioteca de la UNAM a consultar cualquier diccionario de vulgarismos, groserías y jergas del lenguaje para que se puedan dar una idea de cuántos adjetivos puede recibir una sola (espera... no, no persona...) masa de carne y huesos.
Debilidades fuertes.

Amo a las mujeres. Todo el mundo lo sabe, aunque es también de dominio público que no soy mujeriego.
Las mujeres son divinas, son adorables y poco entendibles; son un misterio para los hombres y un tributo a los ojos; son miel para los oídos, néctar para el paladar.
La forma en la que caminan enmudece mi habla y alborota mi espíritu. Con una mirada pueden decir miles de cosas y dejarte la mayor de las incógnitas al mismo tiempo.
Las mujeres tienen la piel más suave de todas y el pelo más brillante; tienen los ojos más cautivantes y todas tienen algo especial en mayor o menor medida siempre y cuando (ojo) sean mujeres verdaderas y no se pongan encima máscaras de amargura, de feminismo absurdo; siempre y cuando no hagan las tonterías que nos corresponden a nosotros los animalitos.
Pero de entre todas las mujeres del mundo, las mujeres que de verdad son dueñas de mi alma, las niñas de mis ojos, las que juegan con mi corazón cual si fuese un valero, las que pueden pedirme la luna y todas las estrellas; de entre toditas ellas (divinas todas) las más hermosas son las bailarinas de ballet.
El ballet me supera, es algo con lo que no puedo.
Hijos míos, tengo una debilidad natural por las bailarinas de ballet. De todas las creaturas estéticas, graciosas y hermosas, ellas y sólo ellas son las reinas. No hay nada que no sea perfecto en una bailarina de ballet, porque desde las puntas de sus zapatillas desgastadas hasta cualquier diadema que ose recoger su pelo son divinas y bellas.
Nada está fuera de tono con una bailarina de ballet; el tutu que abraza su cintura es la mayor de mis envidias porque hasta la música parece mundana cuando el mundo se detiene a verlas. Cualquier movimiento que ejecuten es digno de alabanza. Puedes pasar una vida entera rendido a sus pies y no sería una vida perdida.
Soy Degas extasiado ante Vaganova. Mi corazón late con el ritmo de la Danza Rusa del Cascanueces y el Hada de Azúcar me roba el aliento. Amo con locura a Odette y pierdo mis estribos de sólo escuchar nombrar a Rothbart.
La carne es débil, pero mucho más cuando la tentación está attitude en pointe.